17 de agosto de 1850

17 de agosto de 1850

Creo que todos los homenajes que podemos hacerle a nuestro General San Martín, son pocos.

Que quizás, en lugar de homenajes podríamos honrar su memoria con actitudes que estuviesen a la altura de las proezas, de las hazañas y de la conducta que tuvo con su gente, con sus amigos, con sus enemigos y con su Patria.

Es una opinión muy personal, con nuestras miserias y nuestras mezquindades lejos estamos de su ejemplaridad.

Pero me pareció que podíamos recordarlo desde otro lugar, por ello comparto este texto del sitio oficial de la Compañía de Reserva SAN NICOLAS.

“A las 3 de la tarde de un 17 de agosto de 1850 fue a reunirse con sus bravos en la gloria de Dios.
La rutina grabada a lo largo de toda una vida en la milicia, lo ayudaba a llevar adelante sus años, sus enfermedades y la creciente ceguera, que lo encerraba cada día más en la oscuridad.

Temprano ese día, comenzó su actividad. Pese al calor del agosto europeo, no dejó de ponerse su pañuelo negro al cuello y su tapado de grandes solapas y de dos filas de botones, que él mismo muchas veces remendó.

Ayudado por su bastón y no por ello sin dificultad, comenzó su diario caminar hasta un promontorio del cual podía observar el rugiente mar, aunque ahora poco lo podía ver, pero eso no importaba.

Pasado el mediodía regresó a la casa, se sentó en el sillón tan viejo como él y comenzó a mirar el pequeño fuego que siempre estaba encendido.

Lentamente su bravo corazón dejó de latir y la poca luz que había en sus ojos se apagó.

Se vio extrañamente joven caminando con su uniforme azul, sintió el peso y el ruido de su sable corvo colgado del cinturón a su izquierda.

Vio a lo lejos una torre con un campanario, que creyó haber visto antes, y cerca de ella a muchos soldados con uniformes de la patria tan lejana y querida.

Alguien se adelantó, cuya cara reconoció.

Ese muchacho, con una tonada fuertemente correntina le dijo:

  • Bienvenido mi Teniente Coronel….. lo estábamos esperando
    En ese momento comprendió.
    El anciano militar, lo estrechó en un abrazo y al hacerlo tocó la espalda del correntino y le dijo:
  • Todavía está abierta esa herida
  • Es mi orgullo…. fue la corta respuesta
  • Esa mañana cuando fui a verlo y a agradecerle ya era tarde, se lo digo ahora, muchas gracia dijo el recién llegado.
  • El agradecido soy yo, por haber podido cabalgar con usted hacia la gloria.
    El resto de los que allí estaban se acercaron a abrazarlo, vio allí muchas caras muy queridas.
    El lugar que Dios tiene reservado para los soldados, a partir de ese momento fue mejor, porque el Primer Soldado de América, el Capitán del Nuevo Mundo había llegado.
    En un lugar del sur de Francia a las tres de la tarde de ese día de agosto un reloj detuvo su andar”.

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