El progresismo de Horacio

El progresismo de Horacio

El afán de expresarse con claridad y corrección, ha llevado a las personas a buscar modelos, y con ello a consolidar reglas idiomáticas.
Pero la primera cuestión que debemos considerar es que existe una gran distancia entre corrección y claridad.

Una falta de consideración respecto de los términos citados se manifiesta con crudeza, y diría virulencia, cuando se discuten diversos modos de expresión; hoy por hoy mezclados con la idea de lenguajes inclusivos.

Así, digamos que determinar el modo correcto de hablar o escribir lo haremos con relación a alguna cosa: regla, costumbre, adecuación. Y en este juego de palabras que podrían confundirse como sinónimos, está la pista para comprender la cuestión con mayor amplitud.

Regla, costumbre y adecuación.

Debemos recordar que la Gramática fue un invento de la sociedad griega de la antigüedad que, inquietos por “preservar” su idioma; buscaron esa referencia, esa forma, ese ideal que expresara con mayor plenitud el “buen uso” de su idioma.

Así, sin mayores discusiones, miraron a Homero como modelo y tomaron como referencia indiscutida el modo en que aquel dramaturgo se expresaba; y extrajeron normas rígidas con el afán de evitar la decadencia del idioma.

Lamentablemente, no tuvieron en cuenta que antes que el modo en que las personas se expresan, existe la causa eficiente de tal expresión: la necesidad comunicacional.

La Gramática generó en una cantidad de reglas abstractas que rápidamente fueron quedando obsoletas, pues no se adecuaba a la intención comunicativa.

Con el paso del tiempo fue quedando más en evidencia que la necesidad comunicacional, la intención y los efectos que se persiguen con el uso del idioma no pueden encerrarse en una vitrina sagrada.

El griego y el latín quedaron cristalizados, la realidad antropológica se impuso, y nacieron las lenguas romances que hoy conocemos (italiano, francés, rumano, español, catalán, provenzal, portugués, gallego, etc.). El proceso fue muy largo y complejo; y su tratamiento desborda en mucho los límites del presente comentario.

Sí, interesa recordar que las reglas como producto artificial, extraídas de la costumbre, no siempre responden a la adecuación. Este último concepto, hoy propio de la Pragmática, es la vara más real respecto del modo de utilizar un idioma.

Bien pronto, esta distinción entre idioma y uso, en pos de la “adecuación”, se manifestó en los primeros sofistas y dividió las aguas en la filosofía griega antigua.

Algún tiempo después – 1916 – Saussure publicó Curso de Lingüística General en el que mostró que no todo forma parte del sistema de lengua, sino sólo la estructura compuesta por los signos; y puso blanco sobre negro al diferenciar el sistema abstracto formal de producción de expresiones, la Gramática; y el uso que se haga de ella, como conjunto de estrategias para llegar a la adecuación comunicativa.

Así se aprecian diversos estilos que gustan más o son más adecuados y todo depende de las innumerables circunstancias: propósito, ámbito etc. No hablamos igual en un ámbito familiar que en un ámbito formal. Asimismo, es distinto el lenguaje escrito que el oral.

Ahora bien, como dije al principio de estas líneas, estas discusiones que hoy enfrentan a progresistas y conservadores, tiene más que ver con una confusión de sobre qué cosa tratamos de conservar y en cuáles queremos progresar.

Bueno, en realidad, estamos más acostumbrados a confrontar sin ponernos de acuerdo, previamente sobre qué vamos a confrontar.

Digresión aparte, lo importante es destacar que si bien corrección y adecuación no son sinónimos; tal vez podríamos decir que una expresión es correcta si resulta adecuada. Y esto da para no uno sino varios artículos.
Pero para tomar distancia de la cotidianeidad, que nos envuelve en nuestros prejuicios y preferencias, todos válidos y respetables; podemos echar mano del poeta Horacio
Me refiero a Quinto Horacio Flaco que vivió entre el 65 y el 8 a C. en lo que hoy conocemos como Italia. Este poeta lírico latino afirmó en su Arte poética:
“Como el bosque mudo de follaje al declinar del año y caen las hojas más viejas, de la misma manera perece la generación antigua de palabras y, al modo de los jóvenes, florecen y tienen brío las nacidas hace poco (…). Rebrotarán muchas palabras que ya habían caído y caerán las que ahora están de moda, si así lo quiere el uso, en cuyo poder residen el arbitrio, la autoridad y la norma de la lengua “(vv. 60-62 y 70-72)

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