Luces y sombras en Campo dei Fiori – Giordano Bruno

Luces y sombras en Campo dei Fiori – Giordano Bruno

Era una tarde de septiembre, cálida, sin agobio gracias a una generosa brisa que invitaba a caminar; cuando llegué a Campo dei Fiori, sólo quedaban algunos trastos como testigos del mercado que había funcionado hasta las 13.

Esa plaza tan colorida de flores y sabores, mutaba a un lugar de encuentro social en el que variopintas personas se dan cita, como si fueran a contemplar un espectáculo.

Los rigores del sol iban quedando atrás y comenzaba a cobrar protagonismo, imponente y temeraria; la figura de Giordano Bruno, cual maestro de ceremonia iría a presidir la asamblea hasta la madrugada siguiente en que, nuevamente, el mercado con su bullicioso trajín, volviera a imponer el ritmo vertiginoso de la ciudad contemporánea.

Así, día tras día, como un ritual misterioso, el bullicio y brillo del mercado, dejan paso al brillo silencioso y profundo de esa mirada adusta del célebre capuchino, librepensador; que no titubeó en pagar con su vida la osadía de alzarse con su propio discurso; y el 17 de febrero de 1600 era quemado, en ese mismo lugar, acusado de herejía

Es que esa plaza; hoy lugar de paseo y vida, fue, durante siglos, escenario tenebroso de ejecuciones públicas

Un poco de historia

La Plaza Campo dei Fiori fue construida por orden del Papa Calixto III, en el año 1456 a la par de la construcción de la residencia de la poderosa familia Orsini; por lo que, en esos primeros años, la plaza fue cita frecuente de personalidades públicas: cardenales y embajadores.

No tardó en generarse un mercado de caballos y artesanías. Siguieron luego tabernas, entre las que debe mencionarse la de la cortesana Vanozza Cattanei, amante del Papa Alejandro VI, quien reconoció su descendencia con la nombrada.

No fue una descendencia cualquiera, comenzaba con ella el linaje de los Borgia.

Luego, como se recordó, llegaron las ejecuciones.

Con el tiempo llegaría una tardía reivindicación de Giordano Bruno. Finalizando el siglo XIX, en el centro de la plaza se levantaba su estatua, obra de Ettore Ferrari, en cuyo pedestal puede leerse: “A Bruno, in secolo da lui divinato, quid ove in rogo arse” (A Bruno, a quien el siglo le predijo, en el lugar donde fue quemado).

Según cuenta Rowland (2010:13) “…en un principio se estableció que la estatua estuviese orientada en la dirección opuesta, de cara al sol, pero una decisión de última hora tomada por el Ayuntamiento de la ciudad de Roma la situó mirando hacia el Vaticano, que se había quejado de que el emplazamiento original resultaba irrespetuoso. Debido a este cambio de orientación, la cara del fraile permanece siempre en la sombra, de manera que ofrece una expresión más melancólica que desafiante. Pero teniendo en cuenta que es un hombre al que se ha condenado a morir en la hoguera, tiene sobradas razones para la melancolía”

Como dije, esa estatua lo representa con una mirada seria y penetrante, escrutadora como fue tu mente que imaginó un sistema estelar que desafió los dogmas del momento.

Lo representa de cuerpo entero, con su hábito, y un libro en sus manos esposadas.

Su contemplación me llevó a preguntarme detalles de su vida, una vida como la de tantos y tantas que, a lo largo de la historia dieron testimonio de coherencia heroica, más allá de aciertos o errores científicos.

Personas que convencidas de que sólo la aceptación de otros puntos de vista permite que la humanidad avance. Personas que dejan un legado de coherencia heroica que interpela la cobardía de la complacencia.

De la inagotable bibliografía sobre el nombrado Bruno, recomiendo:

“Giordano Bruno, filósofo y hereje” de Ingrid Rowland, editada por Ariel; Y

“La última confesión”, de Morris West. Esta última es una novela en la que el autor, con notable erudición, imagina las meditaciones del Capuchino, en prisión, los días previos a ser ejecutado.

 

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