Una ventana al horror del antisemitismo y a la ética de rol

Una ventana al horror del antisemitismo y a la ética de rol

(Breve comentario a la película “J’accuse”, de Roman Polanski)

Como toda expresión artística nos muestra lo que queramos ver, o mejor dicho, lo que nuestros prejuicios nos permitan ver.

Este relato, sobre el manido caso Dreyfus, tiene aristas que me motivaron profundamente: por una parte, la violencia antisemita enquistada en la sociedad francesa de fines del siglo XIX; y por el otro, la dignidad y honor de algunos personajes, en medio de semejante tragedia.

Quiero decir que, más allá de la feliz recreación cinematográfica, me queda como lección que aún en el marco de los horrores de persecuciones por pretendidas razones raciales, y la corrupción de una burocracia complaciente que prefiere evitar un escándalo aún a costa de sacrificar a un inocente; aparecen posiciones personales como la dignidad del acusado Dreyfus, y la de un oficial, Picquart, que nos reivindican con la coherencia y dignidad humana.

Ambos personajes se entrelazan en una dialéctica profunda en la que, aún llevados a extremos que pudieran quebrar al más valiente, no renuncian a sus ideales ni a sus convicciones.

Dreyfus, humillado públicamente con una degradación por alta traición a la patria, y encarcelado en condiciones de extrema crueldad. Y Picquart, el oficial que advierte el engaño y decide hacerlo público a costa de la presión primero y persecución después, por parte de la jerarquía militar y por la burocracia gubernamental.

Estos personajes mantienen una dignidad que creo es lo más valioso como mensaje, nadie se animaría a condenarlos por haber descreído de la institución a la que pertenecían o, de haber caído en el resentimiento.

Sin embargo, esos personajes muestran que las convicciones pueden sostenernos en las condiciones más adversas.

Es interesante el supuesto diálogo que mantiene el joven alumno con el profesor en la escuela de guerra, en el que ante el requerimiento de Dreyfus, por su reprobación; Picquart le dice que no le agradan los judíos; pero también que ello jamás sería motivo para tomar una decisión parcial.

Es una pista que luego se confirma en el comportamiento, a través del desarrollo del relato en el que aquél profesor, preso de lamentables prejuicios, no cede ante ellos para desviar sus principios de verdad y justicia que entiende, son innegociables.

Esta es, para mí, la mejor lección de la película: asumir que los prejuicios y estereotipos llevan indefectiblemente a situaciones dañinas y finalmente al horror; pero que vale más la audacia de advertir que tal vez somos víctimas de prejuicios; pero podemos elegir con cada acción no convalidad la hipocresía de negarlo en el salón, y dar rienda suelta a ellos, cuando nadie mira.

Asimismo, como espectadores podemos hacer un juego final: ¿valoraremos la obra de Polanski por lo que ella sea, o lo descartamos, en atención a su aberrante antecedente criminal?

Claro está, que en esta última elección no se juega nada importante, como lo que comenté respecto del Oficial y el Espía.

Si esta fuera una crítica cinematográfica, agregaría que las actuaciones son verosímiles, la ambientación impecable, la iluminación intimista, y la trama y ritmo; electrizantes.

Pero sólo es una opinión de un espectador al que le gustó la película.

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